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Sábado 12 de noviembre de 2005
Venerados hermanos en el episcopado:
El primer y espontáneo sentimiento que brota de mi espíritu al acoger
vuestro saludo es de
cordial gratitud por el afecto que vuestras comunidades manifiestan al
Sucesor de Pedro, a través de vosotros, renovando su afirmación de fiel
adhesión al depositum recibido de los Padres. Me han consolado las
expresiones de comunión que, durante estos días, cada uno de vosotros me
ha renovado en nombre del clero, de los religiosos y de los fieles
encomendados a su responsabilidad. Consciente como soy del ministerio que
estoy llamado a desempeñar al servicio de la comunión eclesial, os pido
que os hagáis intérpretes de mi constante solicitud hacia todos los
creyentes en Cristo.
De los coloquios, que he tenido con cada uno de vosotros, he llegado a la
convicción de que la Iglesia católica en Bulgaria está viva y desea dar
con entusiasmo su testimonio de Cristo en medio de la sociedad en la que
vive. Os animo a proseguir por ese camino, esforzándoos por difundir el
Evangelio de la esperanza y del amor, a pesar de las limitadas fuerzas a
vuestra disposición: el Señor sabe suplir siempre nuestras posibles
lagunas y la pobreza de los medios a nuestra disposición. Lo que cuenta no
es tanto la eficiencia de la organización, sino más bien la confianza
inquebrantable en Cristo, porque es él precisamente quien guía, gobierna y
santifica a su Iglesia, también a través de vuestro ministerio
indispensable.
Dios, en sus inescrutables designios, os ha puesto a prestar vuestro
servicio eclesial al lado de nuestros hermanos de la Iglesia ortodoxa
búlgara. Deseo que las buenas relaciones existentes se desarrollen
ulteriormente en beneficio del anuncio del Evangelio del Hijo de Dios,
principio y fin de toda acción realizada por el cristiano. A este
propósito, os pido, venerados hermanos, que llevéis mi cordial saludo al
Patriarca Maxim, primer jerarca de la Iglesia ortodoxa de Bulgaria.
Expresadle mis mejores deseos para su salud y para la feliz reanudación de
su ministerio. Está aún vivo en mí el recuerdo de la respetuosa y fraterna
acogida que reservó a mi amado predecesor, el Papa Juan Pablo II, durante
la visita pastoral que realizó a vuestro país. Es necesario proseguir el
camino emprendido, intensificando la oración para que llegue pronto la
hora en que podamos sentarnos a la única mesa, para comer el único Pan de
la salvación.
Sé que existe un intenso diálogo con las autoridades civiles sobre temas
de interés común. Me alegro de ello, puesto que, a través del compromiso
de todos, pueden identificarse los problemas que se deben afrontar juntos
y los itinerarios que hay que seguir, según las oportunidades concretas,
para el bien superior de todo el pueblo búlgaro, que, con razón, se siente
parte de la gran familia del continente europeo. Bulgaria, formada por
diversos componentes culturales y religiosos, puede llegar a ser un
ejemplo de sabia integración, de colaboración y de convivencia pacífica. Y
la comunidad católica, aun siendo una minoría en el contexto del país,
puede desempeñar una tarea de generoso testimonio de la caridad universal
de Cristo.
Después del triste período de la opresión comunista, los católicos que han
perseverado con solícita fidelidad en su adhesión a Cristo sienten ahora
la urgencia de consolidar su fe y difundir el Evangelio en todos los
ámbitos sociales, especialmente donde es más evidente la necesidad del
anuncio cristiano. Pienso, por ejemplo, en la fuerte disminución de la
natalidad, el alto porcentaje de abortos, la fragilidad de tantas familias
y el problema de la emigración. Me alegra saber que la Iglesia católica en
Bulgaria está fuertemente comprometida en el campo social, para acudir a
las necesidades de tantos pobres. Os aliento, venerados hermanos, a
proseguir por este camino al servicio del pueblo búlgaro, tan querido para
mí. No tengáis miedo de proponer a las generaciones jóvenes también el
ideal de la consagración total a Cristo, para contribuir a dilatar cada
vez más el reino de Dios. Del mismo modo, proseguid en el esfuerzo de
dotar a vuestras comunidades de las estructuras que son útiles para las
actividades pastorales y la práctica del culto cristiano, incluso con la
ayuda de otras Iglesias y organizaciones católicas. Al respecto, he sabido
con particular satisfacción que se está completando la reconstrucción de
la iglesia catedral latina de Sofía, dedicada a san José.
Venerados hermanos, confiando en vuestro recuerdo orante ante el Señor, os
aseguro, por mi parte, una oración especial a Aquel que es el verdadero
Esposo de la Iglesia, por él amada, protegida y alimentada: Jesús, nuestro
Señor, Hijo único del Dio vivo. Con estos sentimientos, os imparto de todo
corazón mi bendición a vosotros, a vuestros presbíteros, a los religiosos
y a las religiosas, y a todo el pueblo que Dios os ha encomendado.
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